Algo que me trajo mucha paz, de un tiempo a esta parte, fue dejar de luchar con ciertas situaciones que sé que no voy a poder cambiar. Al menos no hoy, al menos no ahora. Le dé las vueltas que le dé, hay cosas que son como son, y punto. Como se dice en inglés: "it is what it is" Es lo que es. Sostener la calma y la certeza interna de que todo sucede por una razón no es sencillo, y se vuelve aún más desafiante cuando la vida nos atraviesa con intensidad.

En estos tiempos tan acelerados, donde la búsqueda está puesta en resultados o respuestas inmediatas, la ansiedad —el gran mal de nuestra era— nos desconecta del cuerpo, nos dispersa, nos consume y nos agota. Cuando estamos ansiosos, la mente vive siempre un paso adelante, expectante, esperando que algo llegue. Y muchas veces ni siquiera sabemos qué es eso que tanto deseamos, porque en más de una ocasión “eso” pasa delante de nuestros ojos y no logramos verlo, atrapados en el ruido mental. Todo lo queremos ya, para ayer de ser posible. Pero ¿cómo podemos pretender sembrar una semilla hoy y verla florecer mañana?
Aceptar no es rendirse. Ni conformarse, ni resignarse. Es, como dije antes, reconocer que hay ciertas situaciones en nuestra realidad que no podemos cambiar, pero que quizás si podemos controlar nuestra manera de reaccionar ante ellas. Entonces ahí me pregunto: ¿en qué momento llegamos a la conclusión de que la vida no está bien tal como es ahora? ¿O que no estará bien tal como llegue a ser en el futuro? ¿Quién dice que no es correcto el modo en que la vida se expresa de manera natural? Esto lo leí en un libro hace un tiempo atrás, no se si era exactamente así lo que decía, pero la idea era bastante similar.

La aceptación también implica comprender que todo tiene su propio ritmo, que los procesos llevan tiempo, y que aprender a convivir con esos tiempos es clave para vivir con mayor paz y equilibrio en el momento presente. Lo que sucede aquí y ahora es perfecto, aun cuando no siempre podamos verlo.
Una energía profunda y transformadora se libera cuando soltamos el control y permitimos que la vida fluya. Y fluir no significa desentenderse ni dejar de hacerse cargo, sino reconocer que hay situaciones que verdaderamente no están en nuestras manos. “La vida se revela cuando aceptamos que no vamos a vivir la vida que hubiéramos querido vivir”, dice Luciano Lutereau. Tal vez no vivamos esa vida imaginada, o idealizada, pero sí podamos vivir una vida diferente, incluso más auténtica y alineada con quienes somos hoy. Pero para eso, es necesario soltar las expectativas.
La aceptación es, en parte, un acto de entrega: soltar, vaciarse, distenderse. Y claro que en ese espacio aparece el vacío, el miedo, la incertidumbre. Habitarlo puede resultar incómodo, incluso aterrador. Pero la vida, de una manera casi misteriosa, en medio de esa oscuridad siempre nos trae luz, acercándonos herramientas, o a las personas correctas; y a vivir experiencias que impulsan nuestro crecimiento. Sucede todo el tiempo y en todas partes.

Solo hace falta animarnos a confiar y dejarnos llevar por el viaje que la vida propone. Y no estoy diciendo que sea algo fácil en absoluto, pero después de todo, es el viaje que nuestra alma eligió antes de encarnar en este cuerpo físico. Y cuanto más aprendemos a aceptar, a confiar y a dejar de luchar, más cerca estaremos cerca de vivir una vida con sentido, con propósito, con presencia y con una paz más profunda.
Con amor, Andre.

